Cuánta actualidad mantiene hoy el pensamiento de Ernest Hemingway cuando afirmaba: “la manera de hacer que las personas sean dignas de confianza es confiar en ellas”. Además, es una frase sabia para motivarnos a superar estos momentos críticos que vive el país, en los que la ciudadanía, por lo mucho que históricamente ha sido atropellada y defraudada, se mantiene prevenida y esperando siempre lo peor de los demás.
Esta crisis de desconfianza que se agrava por el nivel de inseguridad, nos aleja de comportamientos virtuosos como la solidaridad espontánea, la colaboración, el diálogo sincero, y nos lleva a conductas mezquinas como negarnos a tenderle la mano al más necesitado.
Una radiografía de ese estado de desesperanza está plasmada en los resultados del estudio de la campaña Confía de la agencia Usaid y la ONG Acdi- Voca Colombia, realizado en 41 municipios del país con 11.966 personas y revelado a principios de mes, con el propósito de detectar las diferencias sociales y promover la reconciliación. Arrojó datos tan inquietantes como que el 73% de los colombianos consultados no confía en su vecino, es decir, en la gente con la que se comparten condiciones de vida similares, la que, en caso de una emergencia, puede prestar su apoyo.
También el 86% de los encuestados desconfía de las instituciones del Estado, la base sobre la cual se asienta y funciona toda sociedad. El 82% dijo desconfiar de los medios de comunicación y el 83% del sector privado, dos eslabones importantes para la colectividad por tratarse de las fuentes de información ciudadana que por mucho tiempo han sido consideradas las más fiables, al igual que del conjunto de actividades económicas de la que deriva su sustento la mayoría de la población.
Los antagonismos y polarizaciones van en aumento día tras día, por motivos que van desde lo político, lo económico, lo religioso, hasta lo banal. La sociedad colombiana se niega a cerrar las grietas dejadas por el conflicto armado, la violencia y la inequidad social, promoviendo estos mismos comportamientos en las nuevas generaciones haciéndolas aún más prevenidas y desconfiadas.
Es preciso liberarse de estos prejuicios que nos han convertido en personas individualistas, ariscas y poco sociables. Empezar a valorar y reproducir conductas positivas como la buena vecindad, nos permitirá construir un país más crédulo y reflexivo.
Recuerdo mi niñez en el barrio Paraíso, cuando la cuadra en que vivíamos fungía como una sola familia, se compartían alimentos y favores, y se convivía en comunidad fraterna. Hoy en los edificios hasta llegamos a vanagloriarnos de no conocer o tratar con el vecino. Estas actitudes y comportamientos castran uno de los valores más importantes de la especie humana: vivir en sociedad.
No hay una manera distinta de saber si las esperanzas depositadas en alguien o en una institución serán bien correspondidas si no confías en que así será. Propongo que, por la Colombia fraterna que anhelamos, le apostemos nuevamente a confiar.





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