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viernes, 12 de enero de 2018

Libro de los amigos - Por: Renson Said



Hace poco un periodista me hizo la eterna de pregunta sobre qué libro llevaría a la isla desierta. No lo dudé un segundo. Sé que no llevaría los libros de Hemingway, que me podrían ayudar mucho para el arte de la pesca. Ni un manual para sobrevivir, ni los 32 tomos de la Enciclopedia Británica. No llevaría a Borges ni a Dante, ni siquiera los sonetos de Petrarca. Olvidaría por completo los poemas de Quevedo. No llevaría los ensayos de Michel de Montaigne ni el famoso texto de Étienne de La Boétie, sobre la servidumbre voluntaria, que debería ser de lectura obligada por estos días. Llevaría solo un libro, un libro múltiple y coral, fantástico y terrible como la Biblia, sin ser la Biblia.

-Llevaría el libro de los amigos

Un libro voluminoso, infinito, oceánico, inabarcable como el universo. Un libro escrito por todos mis amigos, sobre diversos temas, en todos los tonos, estilos y formas literarias: desde el graffiti hasta la reflexión filosófica y desde el poema hasta la conversación. Un libro sabio y trivial, donde los asuntos más complejos se alternen con pendejadas. Un libro que ayude a vivir y prolongue la vida. Ese libro imaginario comenzaría con el poema de Gustavo Adolfo Garcés sobre los amigos. Y tendría un capítulo de medicina escrito por Eduardo Díaz Amado, una crónica de Alberto Salcedo Ramos y un poema de J.J. Junieles. El libro de los amigos será más bello que la naturaleza, puesto que la naturaleza se repite así misma, en cambio, este libro muta, se transforma, evoluciona, crece y decrece en movimiento perpetuo. En una página aparece la tortuga de Paul Brito compitiendo con la de Aquiles, y, en la siguiente, los tambores de Óscar Villalobos retumbando entre renglones. Porque el libro también suena. Su música no solo viene de las palabras: hay allí un capítulo entero con la carcajada de Miguel Ángel Flórez Góngora, y otro donde Karen Leal le pide al mundo “tranquilización y calmamiento”. Hay una línea de Cicerón, un titular de Adip, un madrazo de Vallejo, un pié de página oloroso a whisky de Esteban Hincapié, y un ensayo lúcido, medido, perfecto, de María Piedad Quevedo. El libro de los amigos no tendría final, no tendría índice y su lectura sería arbitraria. Si quiero ir a una taberna, me basta con abrir el capítulo escrito por Miguel Ángel Ramírez Benítez y sé que allí, en ese capítulo, me voy a encontrar con Jaime Rivera y con el infame, tirados en la playa, inventando palabras procaces, recitando poemas con lágrimas en los ojos, porque en ese capítulo habrá lluvia apretada y un viento tibio que arrastrará desde el pasado algunas voces viejas y un silencio.

Si es de día y quiero que sea de noche, me basta con abrir el capítulo escrito por Duvan Carvajal: un capítulo caótico, hecho de anarquía líquida, donde no hay horizontes, y las arbitrariedades más insólitas son los conectores entre el sujeto y su predicado. Si quiero oír jazz, busco el capítulo de Alfonso Flórez, y si decido ver otras formas del universo voy al capítulo escrito por Mateo Cardona.

Un libro colectivo, diseñado por Óscar Pantoja, corregido por Katherine Moreno, publicado por los muchachos de Ícono y convertido en radio novela por Luis Alberto Rodríguez Ordóñez. Con un libro así, no estaría solo en una isla. Yo sería la isla, donde viven mis amigos.

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