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jueves, 13 de julio de 2017

Examen de radiología - Por: Renson Said


Camina uno por las calles y Cúcuta parece una ciudad sitiada. Son las tres de la tarde y las autoridades persiguen a los vendedores ambulantes que ya no pueden vender sus cosas en las aceras. Pero tampoco las pueden vender en el lugar de reubicación porque por allí no pasan compradores. Mira uno la larga y estirada piel de asfalto de la avenida cero y los artesanos de siempre se enfrentan a la policía porque les quieren decomisar sus materiales de trabajo. Esto parece un país del África: muertos por aquí, muertos por allá; asesinatos selectivos, secuestros, gente amontonada en los semáforos, asaltos a restaurantes, locales, tiendas de barrio, extorsiones: la ciudad es una olla de presión a punto de estallar en una guerra civil doméstica.

(El alcalde también es un vendedor ambulante: Está vendiendo la ciudad a pedacitos: la concesión a dedo del alumbrado público a “El Turco” Hilsaca por 30 años; la concesión -en trámite- de la secretaría de Tránsito; el plan de amoblamiento urbano por medio del cual se entregarán los parques de la ciudad a particulares por 30 años; la entrega a los banco del 50 % del impuesto predial y del 50 % de Industria y Comercio por 20 años, todo esto, por supuesto, con la bendición contaminada del Concejo de Cúcuta).

Por donde se le mire, Cúcuta se desborda: política, económica, moralmente. La corrupción es la base de la política local: desde un alcalde que dirige la ciudad montado en los hombros de un asesino (con contratos millonarios concedidos a un único oferente que resulta ser del partido político que respaldó su candidatura) hasta los procesos de elección de contralor y personero en Cúcuta.

La economía informal crece por falta de oportunidades. Los cerros se llenaron de casuchas de invasión que se desmoronan en invierno y se incendian en verano. Pero como aquí no hay ni invierno ni verano sino cambios bruscos de temperatura, entonces los desastres son cotidianos. El río pamplonita es una sola sombra lánguida de una lengua seca sobre piedras carcomidas de moho pestilente. En los barrios aparecen de nuevo los pasquines con amenazas de muerte. Crece la inseguridad, el desempleo. Y como si esto no fuera suficiente para el ahorcamiento colectivo de la sociedad cucuteña, crece el impuesto predial. Crece la pobreza, la informalidad. Se organizan marchas: en defensa del agua, en contra del predial, en defensa de la vida, en contra de la explotación minera. Cúcuta tiembla. Cúcuta tiembla en todos los aspectos.

Y el trancón apocalíptico del tráfico que al medio día adquiere dimensiones surrealistas, como en La autopista del sur, el célebre cuento de Julio Cortázar. Un trancón que desde hace años viene creciendo, que es insoportable y que, como en el cuento de Cortázar, incita al suicidio. No tengo a la mano las cifras pero habría que averiguar si los suicidios en Cúcuta se dan después de un trancón.

Ah, y el calor. Ese calor que derrite los cuerpos, que retuerce las imágenes en las esquinas y embota el cerebro. Ese calor de taladro que perfora la cabeza con su broca afilada de luz y metal. Y luego el frío: sopla un viento helado porque el clima es voluble. El calentamiento global produce trastornos en el clima y esos cambios de temperatura hacen que las personas se enfermen. Pero si se enferman, que no vayan a Coomeva: allá se mueren en la sala de espera frente a la indolencia de los médicos

Mientras tanto, el alcalde maneja la ciudad como si fuera una finca: con ferias y fiestas y aguardiente y días cívicos: la pachanga. Que todos se emborrachen para que nadie denuncie. El guayabo nos va a salir caro.

Todo esto sucede a las tres de la tarde. A las cuatro las cosas empeoran.

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