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jueves, 10 de noviembre de 2016

Como carne de cañón - Por: Renson Said


Estamos acostumbrados a ver las noticias en la televisión casi que de manera mecánica e irreflexiva. Consumimos noticias como papas fritas en la sala de cine. Hay noticieros de televisión que no cumplen el papel pedagógico de educar transmitiendo noticias veraces, sino que trasmiten noticias rojas como tirándoles al piso migajas al perro. Una noticia espectacular dura 24 horas hasta que llega otra y la sepulta. Aunque esa sea la mecánica del periodismo televisivo, los noticieros deberían hacer un cubrimiento completo y humano de la información así ésta toque intereses privados. La verdad (lo que está detrás de las cámaras que de alguna manera afecta al ser humano) debe ser contado con la misma fuerza periodística con que se narra una editorial. 

Digo todo esto porque hace cinco meses el país despertó con una noticia que conmovió a Norte de Santander, indignó al gremio periodístico, concitó la solidaridad en las redes sociales y produjo centenares de comunicados de prensa y llamados de atención de la Flip. Hablo del secuestro por parte del ELN de los periodistas Diego D’ Pablos y el camarógrafo Carlos Melo.

Ambos periodistas contaron su historia. RCN abrió la emisión de entonces con la noticia del secuestro. Ya han pasado cinco meses y, mientras para Diego D’ Pablos su situación laboral es estable, no sucede lo mismo con el camarógrafo Carlos Melo. Parece como si hubiera un desprecio hacia el trabajo del camarógrafo. Después del secuestro, Carlos Melo exigió condiciones laborales más humanas. Lleva un año trabajando para RCN y recibe 35 mil pesos por día laboral. Este profesional, con más de 20 años de experiencia, devenga un poco más que una empleada de servicio, pero menos que un vigilante.

Carlos Melo ha sido separado de su cargo (o sea, no se le renovó contrato). Cuando fue secuestrado no tenía seguridad social, su trabajo en RCN es anotado en una libreta que el contratista Antonio Téllez lleva en su bolsillo. Un corresponsal tiene que estar disponible las 24 horas. Por ejemplo, una semana después del secuestro (¡una semana!) fue solicitado para que cubriera una información en Tibú, Norte de Santander, por un cargamento de coca decomisado al ELN (el mismo grupo que lo tuvo cautivo por 4 días). No sé si dentro del canal se pregunten por las condiciones sicológicas y emocionales por las que atraviesa un secuestrado, pero lo cierto es que si no cubre la información, llaman a otro. El camarógrafo es visto como una máquina de producir imágenes y no como parte fundamental en la estructura periodística. El canal quiere que todo le salga gratis y además rentable: el secuestro de sus periodistas les sirve para subir rating, para escupir sobre el gobierno y echarle leña al proceso de paz. Una vez pasada la bulla, pocos sabes que sus periodistas trabajan en condiciones deplorables. Uno supone que después de la experiencia del secuestro el periodista recibe protección de su empresa periodística. Aquí pasó lo contrario: Carlos Melo se queda sin trabajo para que aprenda a quedarse callado y a no exigir aumento de sueldo.

Nadie le pasa al teléfono; ni siquiera Claudia Gurisatti, su jefe, responde los mensajes que Carlos Melo le envía por whatsapp. Porque no es noticia, porque no tiene importancia mediática; porque nunca fue un camarógrafo, ni periodista, ni ser humano: simplemente fue carne de cañón para una nota editorial.

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