En
la antigüedad existió el señor feudal, propietario de grandes extensiones de
tierra que eran adjudicadas a sus vasallos quienes las explotaban guardándole
fidelidad y sometidos a su servicio. Este modelo de gerenciamiento del siglo V parece
no haber dejado de existir en la sociedad libre del siglo XXI.
Infinidad
de ejemplos evidencian el atraso y estancamiento en el que permanecen las
organizaciones, y que aunque con diversos postulados se sugiere el pensamiento
“Glocal” (pensar globalmente y actuar localmente) la realidad es contraria a
este modelo, pues, la obediencia de los vasallos es una muestra de que el señor
feudal es quien manda la parada en todos los aspectos de una organización, y
más, cuando esta es global.
Con
seguridad habrá evidenciado una muestra de este feudalismo cuando las metas de
ventas de una empresa, con presencia en otras regiones, son emanadas desde las
oficinas centrales del reino, en donde unos sabios mediante análisis, proyecciones,
tablas dinámicas y filtros de excel asignan unos valores inmutables a cada
regional o sucursal que se deben cumplir en los tiempos planificados sin tener
en cuenta la situación económica o social de una región en particular. Lo
curioso de esta práctica feudal es que los vasallos sin el más mínimo reparo
hacen hasta lo imposible por cumplir obteniendo siempre la misma clasificación
de ineptos por las oficinas del gobierno central.
Y
si las metas de ventas son manejadas de esta manera, las decisiones financieras
no se quedan atrás, pues, muchas de las variables con las que se hacen las
proyecciones son de tipo macroeconómico y ni el IPC o el desempleo serán igual
de valorados en el ámbito local frente al entorno global. También, existen las
decisiones centralizadas en las que se pretende que cada sede regional funcione
como la sede principal como si el mercado fuera un grupo homogéneo de
consumidores que satisface sus necesidades de la misma manera, olvidando que la
tropicalización de las acciones favorece el cariño de la comunidad por una
marca, y que esta acción, curiosamente, termina favoreciendo los resultados
comerciales.
Con
este panorama en el que no se salvan las metas de ventas, los análisis
financieros y las necesidades de los consumidores, tampoco quedan exento el
talento humano de las organizaciones, pues, se pretende centralizar las
decisiones del reino olvidándose de la idiosincrasia de cada feudo que es una
pieza clave para el entendimiento local, y eso sin tener en cuenta que al grupo
de vasallos que hacían tres labores se le reemplazará por una sola persona que
deberá hacer las mismas funciones de los otros tres, todo en busca del mejor
rendimiento del reino.
El
dilema de seguir a la vieja usanza es confrontar que es más valioso para una
organización ¿el interés global o el interés local? Sea cual sea la respuesta,
deberían primar las necesidades de la comunidad y cómo las empresas son
gerenciadas para reconocer esa individualidad de los mercados en los que tiene
sus operaciones.





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