La historia académica de Gabriel Felipe Ochoa Loaiza comenzó en el suelo, debajo de la mesa del comedor. Cuando él tenía tres años, se sentaba allí en silencio a escuchar cómo su madre le enseñaba a leer, escribir, sumar y restar a su hermano mayor. Un día, tomó una cartilla escolar y comenzó a leer de corrido ante la sorpresa de su familia, que hasta ese momento ignoraba que el niño ya dominaba esas habilidades como un estudiante de mayor edad.
Hoy, con 7 años recién cumplidos, Gabriel se prepara para iniciar sexto grado de bachillerato el próximo mes de agosto. Su vida transcurre entre sus responsabilidades escolares virtuales y presenciales con una profunda inmersión en el arte: toca la guitarra, el piano, la batería, canta música andina y clásica colombiana, practica danza de salón y moldea figuras de plastilina.
Descubrir la diferencia
El camino para comprender la mente de Gabriel incluyó varios desafíos familiares y escolares. Durante su breve paso por las aulas presenciales en los primeros grados de primaria, el niño solía quedarse dormido en el salón de clases porque terminaba las actividades antes que sus compañeros y se aburría con la repetición de los contenidos.
A esto se sumaba una particularidad física: Gabriel presenta un síndrome de hipersensibilidad sensorial que le hace percibir los sonidos ambientales con una intensidad aproximadamente tres veces mayor a la del promedio de las personas. En sus primeros años, cuando el ruido del entorno aumentaba, tendía a esconderse, taparse los oídos o realizar movimientos continuos con sus manos al emocionarse.
"Inicialmente, debido a estas reacciones al ruido y a sus movimientos, en la escuela sospecharon que se trataba de un caso de autismo. Tras realizar toda la ruta de exámenes médicos y psicológicos, esa condición se descartó y se confirmó que se trataba de un niño neurodivergente con altas capacidades", explica su madre, Viviana Isabel Loaiza Ramírez.
Un intelecto en desarrollo
El diagnóstico inicial arrojó un Coeficiente Intelectual (IQ) de 126. Sin embargo, tras cambiar su entorno escolar presencial por un modelo flexible y virtual en el Colegio Bilingüe Monterrosales Homeschool —que adaptó los contenidos a su ritmo—, y sumar su formación artística en la Casa de la Cultura de Calarcá, su última evaluación psicométrica registró un IQ de 138.
La rutina de Gabriel combina la tecnología para sus deberes escolares con actividades manuales. Detrás de la puerta de su casa conserva un espacio dedicado exclusivamente a sus esculturas de plastilina y cuadernos de dibujo.
Su madurez contrasta con sus gustos musicales, a diferencia de la mayoría de los niños de su edad, los intereses de Gabriel se inclinan hacia las raíces culturales del país. Es un apasionado de la mitología y de intérpretes de música tradicional como Silva y Villalba o Lucho Bowen. Su talento vocal lo ha llevado a representar a su región en certámenes destacados como el Concurso Campo Elías Vargas Duque en Caldas y el festival Semillas Andinas.
A mediano plazo, Gabriel tiene clara su proyección profesional: planea convertirse en ingeniero de sonido y productor musical, combinando esto con la docencia. "Quiero ser profesor de música para enseñarle a otras personas esa música que se perdió porque ya hay otros ritmos. Quiero revivir esa ilusión para que vean que el verdadero ritmo no es por la guitarra, es por el empeño y amor que uno le dedica", afirma.
El próximo semestre, además de comenzar la educación secundaria a una edad temprana, Gabriel ingresará al instituto de Bellas Artes de la Universidad del Quindío para iniciar una especialización musical.
Para él, su condición no es una dificultad, sino una característica de su identidad. "En las clases anteriores, presenciales, se formaba desorden porque yo terminaba rápido y me dormía. Ahora avanzo a mi propio ritmo. A los niños que se tapan los oídos por el ruido o les dicen que son diferentes, les digo que no es nada malo, lo que pasa es que tienen grandes capacidades", concluye el menor.





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