El sábado pasado, cuando compartía con hijos y nietos en el parque del barrio, mi nieto de cuatro años vio a un joven arrojar un empaque de mecato al césped y se dirigió hasta donde él para decirle que lo recogiera, enseñándole que no era el lugar adecuado para dejarlo porque ensuciaba.
Como él, vemos a diario a una multitud de niños y jóvenes que intentan hacer algo para enderezar el camino de contaminación irracional que hemos entronizado a través de la historia, agrediendo lesivamente al medioambiente, como el deterioro de los océanos y la devastación de bosques y selvas. Igualmente, activistas juveniles asumen liderazgos y luchan por la superación de problemáticas sociales como la inequidad de género, la violencia a los niños y el derecho a la educación. Todos ellos, temas de gran trascendencia para el futuro del planeta y la humanidad.
Sin duda, cada vez hay más claridad y conciencia entre las nuevas generaciones sobre la necesidad de superar y remediar realidades socioculturales agrestes y situaciones ambientales anómalas que nos dejan consecuencias devastadoras.
Como son los adultos los que tienen el poder de tomar las decisiones que mueven al mundo y han mostrado poco compromiso, los niños y jóvenes están decididos a actuar y protestar en defensa de sus derechos, independientemente de su nacionalidad, su religión o las ideas de sus padres. Además, luchan por el amparo del planeta que recibirán bajo su responsabilidad en el futuro mediato.
Ejemplo de ello es Gretha Thunberg, que con solo 16 años lidera un movimiento internacional en defensa de la naturaleza. En agosto celebró un año de su ‘Huelga por el clima’, una manifestación permanente que realiza con su organización juvenil ‘Fridays for future’ frente al Parlamento sueco, para exigir acciones contra el cambio climático. Su labor está siendo replicada en muchos países por niños y jóvenes preocupados por la naturaleza. Gretha, quien es autista, se ha dirigido de tú a tú a los poderosos del Foro Económico Mundial y a mandatarios y líderes mundiales, diciéndoles que “nuestra casa está en llamas”, en una referencia más que lógica a lo que le sucede al planeta.
Malala Yousafzai tenía apenas 15 años cuando le dispararon en la cabeza mientras iba de la escuela a su casa, en represalia por su activismo en favor del derecho a la educación de las niñas en su país, Pakistán, en 2012. Ese episodio trágico no la hizo detener su lucha; todo lo contrario, la comprometió aún más y hoy participa en campañas por los derechos de las mujeres, trabaja con su familia en escuelas, etc. Por ello recibió el Premio Nobel de Paz con tan solo 16 años.
Son muchos líderes y grupos juveniles en todo el mundo, dedicados a luchar por lograr convivencia pacífica, tolerancia, equidad de género, etc., poniendo en riesgo, incluso, sus vidas. Ellos exigen que nos movilicemos a detener la contaminación ambiental y superar las injusticias sociales. Sin duda, merece la pena escucharlos y acompañarlos por el bien de la humanidad y el planeta.





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