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jueves, 12 de enero de 2017

Artefobia - Por: Renson Said


Hay quienes piensan que para progresar hay que destruir. El progreso no se mide por la construcción de centros comerciales (por muy bello que sea pasear por el centro comercial cuando no se tiene nada que hacer). Tampoco se mide el progreso por la construcción de puentes o estaciones para recargar el celular. El progreso empieza, primero, por el respeto a la vida, y, luego, por tratar de que esa vida se desarrolle completa, libre y en armonía con su entorno. Y esa libertad y esa armonía la garantiza el acceso a la cultura. Y cultura no es el conocimiento, es algo, como dice Vargas Llosa, “anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos”. 

Para saber cuán primitiva es una comunidad o cuánto ha avanzado en su proceso civilizador nada tan útil como ver el respeto que se profesa hacia las distintas manifestaciones del arte. Y lo que ha sucedido en Cúcuta en los últimos años comprueba el desprecio que las distintas administraciones han tenido hacia el desarrollo de la cultura.

Se acabaron los teatros en la ciudad: el Astral, el Guzman Berti, el Buenos Aires, el Avenida, el Miraflores, el auto cine de Villa del Rosario. Se acabaron las librerías del centro de la ciudad y las librerías de viejo por los alrededores del Teatro Zulima: no hay donde comprar libros. Se acabaron las emblemáticas cafeterías para la tertulia. 

Y están acabando con el patrimonio arquitectónico que es una de las formas musicales de la memoria. Las recientes denuncias sobre la transformación del edificio del Banco Antioqueño en un parqueadero lo demuestran. Diseñado a finales de los años 40 del siglo XX bajo la influencia de lo que se conoce como Estilo Internacional, y con aires de Art Deco y Bauhaus, el edificio sostiene una conversación estética con el edificio de la alcaldía, el teatro municipal, el edificio del Banco de Colombia (hoy Bancolombia) y el edificio San José.

El arquitecto Luis Armando Albarracín, que ha sido un estudioso de la arquitectura local, sostiene que “en este tipo de ejercicios arquitectónicos se pueden trabajar desde restauración y también el reciclaje para reforzar un posible cambio de uso. Puede ser Educativo, Cultural, Institucional. Puede ser incluso una mediateca sostenible. Para este tipo de procesos se debe mediar tanto con el sector oficial como con el privado como ya viene sucediendo en la renovación urbana del centro de Bogotá”.

Pero nada de esto será posible, si quienes tienen la responsabilidad de salvar el patrimonio arquitectónico y cultural de la ciudad, no se curan primero de la artefobia, esa enfermedad que ha llevado a muchos funcionarios a sentir desprecio por las manifestaciones del espíritu (como la arquitectura, la música, la poesía, la danza), que es como sentir desprecio por la humanidad. La artefobia no se cura con la acumulación de conocimientos sino con una sensibilidad hacia la cultura.

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