El incendio de la selva amazónica es de una dimensión tal que sus consecuencias no se limitan únicamente a Brasil o las zonas afectadas de Bolivia y Perú: es una tragedia para toda la humanidad por tratarse, sin epítetos exagerados, de la mayor reserva de la biodiversidad del planeta, la más importante productora de agua y el más grande depósito de CO2 sobre la tierra.
En lo que va corrido de este año, solamente en Brasil se han incrementado los incendios forestales en un 83%, frente a 2018. Más de la mitad tienen lugar en áreas selváticas, y cubren con humo y cenizas los centros urbanos tanto próximos como distantes. Para completar este cuadro desolador, las autoridades brasileñas no han logrado apagar las extensas zonas que están ardiendo descontroladamente desde hace semanas ante la mirada atónita y horrorizada del mundo. Esta problemática de quemas, deforestación y contaminación ambiental no es nueva, pero sí ha adquirido una magnitud desoladora.
Aunque la temporada seca es propicia para la generación de incendios en bosques y pastizales, y debido al cambio climático es un periodo cada vez más prolongado, diferentes voces -no solo en Brasil sino en el concierto internacional- señalan como principales culpables a gente que busca aceleradamente restarle terrenos a la selva, coayuvada por el mismo presidente brasilero, Jair Bolsonaro, cuyas políticas ambientales no son las más ortodoxas y han sido fuertemente cuestionadas. Este, a su vez, acusa de estas acciones a activistas medioambientales que, según él, pretenden tumbarlo de la presidencia.
En medio de la debacle ambiental están las especies de fauna y flora arrasadas y, con gran riesgo, los más de 400 pueblos indígenas que moran en el hábitat amazónico, cuyos territorios ancestrales se están volviendo invivibles. En una carta pública, organizaciones de estas comunidades se declararon en emergencia ante “la incapacidad y falta de voluntad” estatal para la protección de la reserva ambiental.
Aunque es preciso establecer las causas del fenómeno actual, en estos momentos es mucho más urgente iniciar acciones concretas y contundentes para apagar el fuego y proteger las zonas no afectadas en Brasil y países que como Colombia tienen importantes reservas selváticas y de bosques. De hecho, en nuestro país ya se vienen presentando en el departamento del Tolima conflagraciones atribuidas a la sequía.
Independientemente de la actitud de los mandatarios suramericanos, el problema debe ser abordado por la ONU y por todos los gobiernos del mundo pues trasciende las fronteras de los países amazónicos al atentar contra la estabilidad ecológica del planeta. Esta es una agresión alevosa contra el corazón mismo de la naturaleza y la humanidad, por lo que es prioritario enfrentarla y superar esta catástrofe.
La especie humana y el resto de especies penden de un hilo si avasallamos el pulmón del mundo. ¡Cuidemos nuestro Amazonas y la Orinoquía como el mayor tesoro!

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