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jueves, 16 de marzo de 2017

Sobre la marcha - Por: Renson Said


Que marchen los indígenas del Cauca y que la Minga la encabecen niños y niñas exigiendo respeto por la vida, es algo que conmueve y concita la solidaridad mundial. Que marchen los arroceros del Llano, los paperos de Boyacá, los cafeteros de Manizales, las trabajadoras sexuales de Medellín, los estudiantes del Meta, las madres comunitarias de Cúcuta, la comunidad LGBTI por las principales ciudades del país, es algo que uno entiende, y, aunque eso no tenga ningún efecto sobre la realidad de las cosas, la marcha es el último instrumento (o tal vez el único) que le queda a la clase obrera para que sus demandas sean escuchadas. 

-En Colombia marchan los pobres, los destechados, los sin voz

Pero que un ex presidente, que ahora es senador de la república, con un esquema de seguridad de 300 escoltas, dueño de haciendas, ganado y caballos, con hijos multimillonarios expandiendo sus negocios en sociedades cuestionadas por la justicia, con su círculo de colaboradores presos en la picota por parapolítica, con parientes cercanos extraditados a los Estados Unidos por narcotráfico, con las manos ensangrentadas por los falsos positivos y señalado de ser el autor intelectual de la masacre del Aro; con una investigación durmiendo en los archivos de la CIA, venga a convocar una marcha contra la corrupción, es algo grotesco. Porque Álvaro Uribe es grotesco; sus compañeros Fernando Londoño y Alejandro Ordóñez, son grotescos. El primero se embolsilló ilegalmente 145 millones de acciones de Invercolsa, mientras que el segundo archivó las investigaciones sobre los movimientos de Odebrecht cuando era procurador general de la nación.

No es una marcha contra la corrupción: a nadie se le ocurriría marchar contra su propia persona del mismo modo que Luis Alfredo Garavito, por ejemplo, conocido como “La Bestia” (por haber violado y asesinado cerca de 200 niños), nunca saldría a las calles encabezando una marcha contra la pedofilia porque los criminales tienen la vergüenza que le falta a los políticos. La comparación no es excesiva. El sistema de salud en Colombia colapsó por la Ley 100 creada en 1993 por Álvaro Uribe Vélez al privatizarla y convertirla en negocio de unos cuantos avivatos. Desde entonces se cuentan por miles las personas que han muerto en los pasillos de los hospitales esperando atención médica. El problema no son los médicos sino la burocratización de la salud que hace que un paciente deba saltar varias barreras y hacer filas extenuantes para que le digan que tiene cita dentro de 15 días. Pues bien, acabo de leer en el Nuevo Siglo que el Centro Democrático pedirá, para esta legislatura, más penas para los “corruptos de la salud”. El que no tenga la información pensará que esta propuesta es maravillosa cuando en realidad es despreciable: el violador marchando contra la pedofilia.

De modo que lo del primero de abril no es una marcha contra la corrupción aunque muchos salgan convencidos de que sí lo es. No es una marcha, es un paseo, una pasarela para los medios de comunicación. La única marcha a la que deberíamos asistir todos es el día de las elecciones hacia las urnas, para no votar por ningún Santos, ningún Uribe, ningún abrazafarolas que piense que la corrupción se combate marchando.

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